3.6.16

la sociedad del acoso y cómo tocarme los cojones



Cualquiera que me conozca sabe que hay varios temas que me encienden mucho y el acoso es uno de ellos. Por supuesto diariamente vivimos, vemos y padecemos distintos tipos de acoso dependiendo de nuestra posición; a lo mejor nos ha acosado un jefe que quería echarnos, un hombre por la calle al que le hemos gustado físicamente o un compañero de clase por... bueno, porque es imbécil. 

El problema del acoso es que se sustenta en la cotidianidad para funcionar. No es acoso que, un día, un compañero te empuje, ni que un día tu jefe te de una mala contestación ni que un día un hombre te llame guapa por la calle. Eso son agresiones y, si bien claro que nos afectan, son efímeras y pasan. Les vemos fin. 

Pero resulta que tu compañero te empuja todos los días, que tu jefe te pone constantemente mala cara y que cada vez que sales a la calle tienes que aguantar los comentarios y miradas indiscretas de la gente a tu alrededor. Quizás estas agresiones vienen de personas distintas o quizás es siempre la misma, pero el caso es que la cotidianidad lo convierte el acoso.

El acoso es cotidiano porque lo permitimos y lo permitimos porque lo asociamos con la normalidad. ¿Cuantas veces habéis escuchado hablar de jefes déspotas, de "cómo son los niños" o de que "deberías estar agradecida porque la gente te piropee por la calle? Es normal así que entendemos que no es malo. Lo que ocurre es que el hecho de que algo sea normal no lo convierte en bueno. 





¿Por qué vivimos en la sociedad del acoso?

Lo cierto es que no lo sé. No me he formado en sociología, no he leído a gente que habla -y habla muy bien- sobre este tema y, por lo tanto, no estoy preparada para explicárselo a nadie. Lo que sí puedo hacer es animaros a pararos a pensar para que veáis los síntomas de esa sociedad del acoso en la que estamos inmersos. 



El acosador es lo de menos

El que da el golpe es el menos importante en la sociedad del acoso; en serio. De verdad que es así. Entiendo que te preguntes cómo puede ser que el que suelte la hostia sea el último mono dentro de ese proceso, pero es así, lamentablemente. Por eso hablamos de sociedad del acoso y no de sujetos anómalos que acosan.

Cuando te dan un golpe y tu protestas alguien a tu alrededor da una respuesta. Lo suyo es que regañe al que lo suelta. Como lo regaña y el golpe tiene un resultado negativo para el acosador este cesa en su actividad. El que se llevó la hostia sangra, sí, pero se ve fortalecido porque encuentra dentro de la masa el apoyo que busca; es parte de algo. 

Somos seres sociales y todos necesitamos sentirnos parte de algo y el que hace el comportamiento que se rechaza por el sistema lo hace más bajito, o lo hace de forma encubierta; convertimos un acto concreto en un crimen y lo castigamos. 




¿Pero qué es lo que pasa cuando el que suelta la hostia sale impune?

No hablo de que reciba alabanzas; eso también sería muy sencillo. Tendríamos al que suelta el golpe y a dos o a tres berreando a su favor pero eso se puede eliminar de una forma muy sencilla repitiendo el proceso anterior. Yo hablo de algo mucho más complejo, mortal y desgarrador; el silencio.

El silencio de los demás cuando alguien te ridiculiza en clase, el de otro trabajador cuando tu jefe te ataca, el de un grupo de señoras que observa cómo un tipo te agarra por la calle. Ese silencio. Puede, incluso, que mires a esa gente silenciosa a la cara y que les pidas ayuda. Pero no te responden.

Ese es el pegamento que impregna la sociedad del acoso; el silencio. La falta de denuncia de los iguales y los que están por encima, de los que deben protegerte. Hablo de ese profesor que pone los ojos en blanco cuando fulanito se queja por quinta vez en esta semana de que le han escupido y le han quitado el bocadillo. Hablo del policía que le dice a la víctima de una violanción que "ufff, es que denunciar es un lío y no vas a conseguir nada". 

No queremos a los débiles y, por eso, nos vamos con los fuertes. El muchacho que llora porque sus compañeros le rechazan es menospreciado a veces incluso por sus padres. La chica a la que violaron iba sola por una mala calle o bebió demasiado o estaba en malas compañías. Algunos lo dicen en alto, otros lo piensan de forma inconsciente, pero ahí está: una respuesta social que va en contra del que sufre. 

Existe, además, una respuesta social también ante los que denuncian: un para nada reducido grupo que corea activamente al acosador y que menosprecia a los que ponen voz al acosado. Nadie quiere, en un instituto, saber de un caso de acoso pero resulta que todos callan y que los docentes no se dieron cuenta y que nadie supo nada nunca. 

Un día un estudiante se suicida y todos nos llevamos las manos a la cabeza. Todos buscamos culpables; al chico que le empujaba, las medidas que tomó el centro, quién le insultaba por whatsapp. Necesitamos una cabeza de turco para limpiar nuestra culpa porque no puede ser que todo el mundo haya fallado. Pero es que eso es lo que ha ocurrido. 

Hemos criado a estudiantes sin ningún tipo de valores o, al menos, ninguno que les empuje a hablar con un profesor para que ponga fin a la situación de acoso que vive un compañero. Hemos contratado a un docente que o bien es incapaz de detectar comportamientos violentos en sus alumnos o bien ha optado por no decir nada cuando lo ha visto. Ha habido unos padres, unos hermanos y una familia que han estado demasiado ocupados para no ver cómo cambiaba la víctima del acoso. 

Ha habido un entorno que ha favorecido que se señale a alguien con el dedo y que se le maltrate. Ese entorno no ha tenido que reír ni que azuzar. Simplemente ha tenido que callar. 

¿En qué lado has estado tú?

No hay comentarios: